Vertavillo, y de repente… un vertedero
Posted by fjabarquero el Martes, Abril 8th, 2008
El debate está servido, la polémica se ha abierto, las espadas se han levantado de nuevo. Un proyecto para la instalación de un centro de residuos, al que eufemísticamente llaman de “selección, reciclaje y valorización de residuos”, en la localidad cerrateña de Vertavillo vuelve a hacer saltar las alarmas en la comarca.
De sobra es conocida la necesidad que de este molesto tipo de plantas se tiene, ya sea a nivel provincial, regional o nacional. Ya sabemos que nuestra acomodada vida de bienestar produce toneladas de residuos industriales que deben ir a parar a algún sitio, a nadie se le escapa ya que los vertederos, los llamémoslos como los llamemos, son necesarios si queremos mantener nuestro ritmo de vida actual. Pero mi inquietud parte ahora de la ética del planeamiento de estas plantas, de la sensación de que en la búsqueda de un lugar propicio para su ubicación, más allá de las condiciones medioambientales que supongo controladas por la administración, no se atiende a un criterio de justicia social.
¿Por qué han de ser los pequeños pueblos, de escasa población, a cierta distancia de la capital, lejos de cualquier núcleo industrial, los que soporten el peso de esta responsabilidad? ¿Con qué autoridad se puede pedir a estas localidades, huérfanas del éxodo rural del siglo pasado y olvidadas de cualquier atisbo de desarrollismo, que carguen con la basura que desde las ciudades y sus polígonos industriales se producen?.
¿Acaso estos lugares no han dado ya suficiente?, ¿o les parece poco?, han entregado lo más importante, la sangre y el sudor de sus naturales, que acudieron en tropel para alimentar la demanda de mano de obra de las fábricas y posibilitaron el florecimiento de los comercios y los servicios de la gran ciudad. Y ahora, cada verano, cada fin de semana o cada tarde soleada se siguen mostrando igual de generosos, descargando las tensiones y los agobios de cientos de urbanitas estresados que se acercan a su cielo buscando aquella paz de sus orígenes. ¿Y qué reciben a cambio?, ¿los desechos de una actividad industrial a la que son completamente ajenos?, ¿los residuos de la fabricación de estructuras que nunca estarán a su servicio?, ¿los restos de productos de los que no disfruta?. No parece de justicia que una zona que no goza de las ventajas que ha generado la industrialización tenga que asumir los inconvenientes que este fenómeno conlleva, ¿si pudieran envasar el humo de las fábricas también nos lo traerían? No parece lógico que una comarca rural que no vive de la industria tenga que resolver los problemas que aquella provoca.
Pero quizás la cosa sea mucho más sencilla, la cuestión es que nadie quiere tener un vertedero cerca de su lugar de residencia, y por lo tanto las empresas que viven de su instalación y de su funcionamiento van a ir a buscar aquellos lugares donde se dan cita al menos dos circunstancias. Por un lado la presencia de unos dirigentes políticos accesibles, fáciles de contentar y que sólo valoren las ventajas de la contrapartida económica, incapaces de ver más allá de una cantidad de dinero que muy probablemente luego no sepan emplear, y por otro una población escasa que se encuentre bien traída y bien llevada por los mencionados dirigentes y entre la cual los grupos contrarios nunca podrán ser muy numerosos en términos absolutos, con lo que se garantizan un “ruido de protesta” de menores decibelios.
La empresa de turno ofrece un dinero al Ayuntamiento y este a cambio permite el depósito de los residuos en su suelo. Es muy simple, yo te pago para que te quedes con las basuras que te traigo, en una habitación de tu casa guardas la mierda, cierras la puerta, y en la otra colocas la pantalla de plasma que te compras con el dinero que te doy; ahora sólo queda convencer a tus amigos para que sigan yendo a ver el partido los domingos, seguro que prefieren tu vieja televisión y no tener al lado esa incómoda presencia, aunque ahora les ofrezcas cava en vez de cerveza.
En una economía de mercado todo se compra y todo se vende,
Una pregunta:
¿También las voluntades? ¿también los silencios?
Parece que El Cerrato atrae únicamente proyectes de grandes vertederos; recuerdo intentos en Dueñas, Palenzuela, Cevico de la Torre…, y siempre promovidos por las mismas empresas, radicadas curiosamente muy lejos de la comarca. Su intención es colocar uno de estos monstruos al precio que sea, para eso se dedican a este negocio. Tienen un montón de comida para alimentar a la bestia y necesitan un lugar donde gestarla, por eso no dudarán en ponerle un precio a nuestras conciencias. Pero lo curioso, y más incompresible, en el caso de Vertavillo es que persevere en una idea de estas características y que ya enfrentó en el pasado a sus vecinos, mientras se rechazan proyectos hosteleros muy atractivos, como la conversión de un viejo palacete de propiedad municipal en “Posada Real”. Seguramente esta propuesta no ponía encima de la mesa una compensación económica más allá de la rehabilitación del edificio, pero también es verdad que no mancharía el nombre del pueblo con la basura de nadie.
La idea de un vertedero de residuos industriales en Vertavillo no es nueva, por lo que su admisión a trámite no se puede tildar de inocente o atribuir a la candidez del equipo de gobierno; ya saben de qué va el tema. Hace cinco años decía en una carta abierta a los vecinos del pueblo que no quería dudar de la buena intención de los dirigentes municipales, ni de que lo que perseguían era el beneficio común, simplemente creía que se equivocaban. Ahora ya no me pregunto por sus propósitos, han demostrado que son inescrutables, pero insisto en lo erróneo del planteamiento. Estoy convencido de que no merece la pena, de que todo el oro del mundo es poco para comerciar con algo que no nos pertenece, ¡no podemos vender nuestro pueblo! Cualquier otro proyecto, por muy agresivo que sea, puede plantearse y debatirse siempre que tenga un carácter reversible; pero un vertedero de estas características implica condenar el lugar en el que nacimos a contener, para la eternidad, una cantidad inimaginable de residuos de productos que ni siquiera sabemos para qué sirven (el proyecto actual prevé un contenedor con capacidad para algo más de 2 millones de metros cúbicos). Las balsas, una vez llenas, se sellan y se abandonan. ¿Qué derecho tenemos a firmar esta sentencia? ¿Con qué autoridad certificamos este testamento para las generaciones futuras?
Por el momento el Ayuntamiento ya ha dado los primeros pasos y pretende autorizar el uso de suelo rústico (una parcela de propiedad particular) para acoger las instalaciones. Y lo ha hecho de forma muy sutil, sin comentar el tema con casi nadie, “de tapadillo” para evitar protestas. No parece de recibo que un proyecto de este alcance, capaz de recibir 180.000 Tn de residuos industriales al año, no sea sometido a un mínimo debate o sondeo, aunque sea de manera informal, y que de pronto se exponga a información pública sin que ningún experto neutral lo haya examinado.
Pero no sólo existen argumentos morales para oponerse a este proyecto. Cualquiera que mire más allá de la, imagino, golosa suma de dinero ofrecida al Ayuntamiento, se puede dar cuanta del efecto inhibiror que esta instalación puede tener sobre cualquier proyecto de naturaleza mucho más limpia que pretenda, por ejemplo, la explotación de los recursos naturales y turísticos (agroturismo, casas rurales, establecimientos hosteleros, caza), la potenciación de los productos tradicionales -¿se imaginan una fábrica de embutidos al lado del vertedero de residuos industriales?-, o la recuperación de zonas paisajísticas como espacios de esparcimiento y disfrute ecológico.
El lugar elegido, por lo demás, limita directamente con un Área de Singular Valor Ecológico calificada con la figura de LIC (Lugar de Importancia Comunitaria) y denominada “Montes del Cerrato”, la cual se halla protegida a nivel europeo a través de la Red Natura 2000 y lo estará a nivel provincial gracias a las Directrices de Ordenación del Territorio de la Provincia de Palencia (DOP). La parcela afectada se encuentra atravesada también por una vía pecuaria (pese a que en la actualidad se encuentra roturada por el propietario) considerada como “Corredor Verde” según la misma normativa, con unos usos muy distintos a los que determina una instalación de residuos. Estas vías se entienden como rutas eco-turísticas, recorridos relacionados con la naturaleza y el campo, destinados al deporte, al paseo o a la contemplación del entorno, al disfrute del paisaje y de la riqueza cultural… ¿cómo se puede compaginar todo eso con un vertedero de residuos industriales?.
Tampoco parece justo ni solidario compartir esta carga con los pueblos vecinos, ya que el centro se instala en el límite de Vertavillo con otros tres términos (Castrillo de Onielo, Cevico de la Torre y Valle de Cerrato), cuando ellos ni siquiera tendrán compensaciones económicas. En estos tiempos que corren y con el progresivo descenso de la población rural, debiéramos tender a un entendimiento entre municipios vecinos a fin de conseguir ventajas comunes en vez de provocar enfrentamientos y recelos.
Y lo peor de todo, al menos eso es lo que a mí más me preocupa, es la magnitud del precio que socialmente estamos pagando. Ningún dinero compensa los gastos humanos ocasionados por el enfrentamiento que una propuesta de este tipo genera. La descalificación y el insulto personal, la tensión, el miedo a manifestar tu opinión, la amenaza constante a que estallen las iras contenidas, el recrudecimiento de viejos conflictos…, todo eso no se subsana con dinero. La idea de un vertedero (Centro Integrado de Selección, Reciclaje y Valorización de Residuos si se quiere pintarlo de verde) se convierte así en un mal más allá de sí mismo, se transforma en una fuente de conflictos sociales de gran magnitud, en una lucha fratricida, en un elemento discordante y distorsionante de la vecindad. Nos hace peores personas, porque alimentan nuestros odios y nuestros defectos (la avaricia, la soberbia, la mendacidad o el abuso de autoridad), menos libres y más infelices. Es la cizaña bíblica que hay que arrancar de raíz para impedir que crezca y se reproduzca y evitar así que su semilla germine en las generaciones futuras.
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